martes, 2 de mayo de 2017

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Leer / contraleer. Hasta el libro que más libertad permite a los lectores mantiene una relación autoritaria y vertical con el lector, con el riesgo de que ese libro haga de verdugo y el lector se convierta en su víctima, pues deja que el cimentado propio muera bajo el hacha de una influencia ajena. Por eso vengo insistiendo en que no hay que esforzarse por leer sino por contraleer: hay que considerar a nuestra ignorancia como un valor que no vamos a entregar al primero que nos venga con una sabiduría cualquiera; tenemos que recibir cada página con tortas y puñetazos hasta que nos demuestre que la belleza o conocimiento que nos propone se dirige a lo más central de nosotros. El tipo de lectura-a-favor incita tanto al gregarismo que la lectura-en-contra se hace necesaria para crear personas libres que se enfrenten a los planes de estudio que padecemos, nefastos porque se olvidan del alumno particular y se dirigen con intención homogeneizadora al alumno general, de forma que se establecen asignaturas obligatorias y se imponen unos libros que, previamente convertidos por los guardianes de la interpretación en “obras maestras”, sublimidades de prestigio inobjetable, deben servir para todos y deben gustar: la calidad de un profesor se mide por el número de alumnos a los que ha convencido para que les gusten esos libros. Y no, señores míos: los libros no deben gustar y son malos profesores los que tratan de conseguirlo. Es justo lo contrario: debes luchar para que cada libro no te guste, para que no te invada y te manipule, debes tratar a las obras maestras como obras siniestras y solo debes rendirte ante ellas cuando te hayan demostrado que sus páginas habían nacido para ti, que los pensamientos o bellezas tuyas que solo intuías, que vivían en ti solo en embrión, gracias a esos libros han adquirido su materialización más acabada.